En lo que ya se considera la imagen más potente de su joven pontificado, el Papa León XIV encabezó anoche el Vía Crucis de Viernes Santo en el Coliseo Romano cargando personalmente la Cruz durante todo el trayecto.
El rito, marcado por un profundo silencio y recogimiento, buscó interpelar a una humanidad fragmentada por los conflictos y las desigualdades sociales.
Un gesto con peso histórico
Hacía décadas que un Papa no realizaba el recorrido completo de las 14 estaciones portando el madero. Acompañado solo por dos jóvenes con antorchas, León XIV avanzó entre el interior del anfiteatro y el exterior, bajo la mirada de una multitud que superó las 30.000 personas.
Este acto no fue solo litúrgico, sino una “catequesis silenciosa”. Días atrás, el propio Pontífice había anticipado que su decisión buscaba enviar un mensaje claro: la Iglesia no debe ser espectadora del dolor humano, sino cargar con él.
Meditaciones sobre la fragilidad actual
Las estaciones incluyeron reflexiones del fraile Francesco Patton, que vincularon el calvario de Jesús con los desafíos del siglo XXI:
- Conflictos globales: El dolor de las víctimas de la guerra.
- Tensiones del poder: La fragilidad de la paz ante la ambición humana.
- Desigualdad: El sufrimiento de los olvidados por el sistema.
El cierre: Un llamado a la paz
La ceremonia concluyó con una oración inspirada en San Francisco de Asís, centrada en la entrega y la renovación espiritual. Mientras los fieles entonaban el “Stabat Mater”, el Papa permaneció en oración, dejando una postal que ya recorre el mundo y que refuerza la idea de una Iglesia presente en el sufrimiento cotidiano.
