En el marco de las celebraciones por la Revolución de Mayo, es fundamental repasar el día a día de aquella semana que cambió para siempre el destino de nuestra región. Hoy, 23 de mayo, se recuerda una de las jornadas de mayor tensión política e incertidumbre en las calles de Buenos Aires: el día en que se hizo oficial el fin del poder del virrey Baltasar Hidalgo de Cisneros, pero también el día en que nació una polémica maniobra para intentar mantenerlo en el mando.
El recuento de los votos: Cisneros ya no es virrey
Luego del histórico y acalorado debate del martes 22 de mayo, donde más de 250 vecinos de la elite porteña discutieron el futuro del virreinato, la mañana del 23 comenzó con una tarea crucial: el recuento de los votos.
El resultado de las urnas fue contundente y no dejó lugar a dudas. La fórmula propuesta por Cornelio Saavedra y Juan José Castelli se impuso por amplia mayoría: el Virrey debía cesar en el mando de manera inmediata. El poder recaía legalmente en el Cabildo de Buenos Aires, que quedaba encargado de formar una junta de gobierno.
A primera hora de la tarde, el Cabildo notificó formalmente a Cisneros sobre su destitución. El poder colonial en el Río de la Plata acababa de sufrir su golpe más duro.
La polémica del Cabildo: la maniobra para burlar la voluntad popular
Sin embargo, la jornada del 23 de mayo estuvo lejos de ser un camino pacífico hacia la libertad. Los miembros del Cabildo, en su mayoría de tendencia conservadora y leales a la corona española, comenzaron a tejer una estrategia para maquillar la realidad.
Aprovechando que tenían la facultad de elegir a los miembros de la nueva junta, los cabildantes redactaron un bando que se publicó en las calles de la ciudad. El plan era peligroso: crear una junta de gobierno que estuviera presidida, ni más ni menos, que por el propio exvirrey Cisneros, argumentando que su presencia garantizaría el orden y evitaría conflictos con las tropas leales a España.
La reacción en las calles
Esta decisión del Cabildo, que se terminaría de formalizar al día siguiente, comenzó a filtrarse rápidamente entre los sectores revolucionarios. Para hombres como Mariano Moreno, Juan José Paso, Domingo French y Antonio Beruti, la propuesta era una burla a lo que se había votado en el Cabildo Abierto.
La noche del 23 de mayo fue de reuniones secretas, cuarteles en alerta y una creciente indignación popular. El pueblo y las milicias criollas ya no estaban dispuestos a aceptar que nada cambiara. La mecha de la revolución estaba encendida y el desenlace final ya era irreversible.
