Existe un momento en la crianza —generalmente entre los 18 meses y los 3 años— en el que el desconcierto se adueña de los hogares. De la noche a la mañana, el bebé dócil parece transformarse en lo que muchos padres describen en la consulta como “el adolescente de la casa” o incluso “el emperador”. Es la etapa que la cultura popular ha bautizado bajo el temido rótulo de “los terribles dos años”.
Sin embargo, como bien nos invitó a reflexionar la pediatra Dra. Cynthia Salmón en su columna habitual en los estudios de La Red 92.9 MHz, detrás de este aparente caos no hay maldad ni capricho, sino “un terrible desarrollo” físico y madurativo. A esta edad, el niño está descubriendo su propio “yo” y buscando una autonomía indispensable para su crecimiento. El constante “yo puedo” o “yo solo” no es un desafío a nuestra autoridad; es el nacimiento de su identidad.
Desarmar el mito de la manipulación
Uno de los errores más comunes de los adultos es interpretar el berrinche como una herramienta de manipulación o un simple deseo de portarse mal. La Dra. Salmón es enfática al respecto: “No es un niño que quiera sentirse mal y portarse mal. Quizás se está sintiendo mal, él está desregulado”.
A los dos años, la maduración neurológica aún no ofrece una brecha procesable que permita digerir la distancia entre lo que se desea y la negativa del adulto. Al no contar con el lenguaje suficiente para procesar y expresar esa frustración, el niño estalla. El berrinche es, en realidad, el único recurso que tiene a mano para manifestar que su mundo interno se ha desbordado.
Frente a esta tormenta, la reacción del adulto suele ser el grito, el castigo físico o el histórico “chancletazo”. Pero la medicina y la psicología han evolucionado: este tipo de respuestas solo cría “adultos inseguros, con poca autonomía”. El verdadero desafío para los padres no es controlar al niño, sino controlarse a sí mismos. La regla de oro que nos dejó la especialista en el aire de la radio es tan simple como profunda: “yo adulto regulado le presto la calma”.
En pleno berrinche, las largas explicaciones o las negociaciones no sirven porque el cerebro del niño está bloqueado para el lenguaje lógico. Lo que corresponde es validar su emoción con firmeza y afecto: “Sé que estás muy enojado, pero este no es el modo”, y punto. Bajo ningún punto de vista se debe ceder a sus demandas o comprarle un dulce solo para evitar la vergüenza de la mirada ajena en la calle. Hacerlo no soluciona su desregulación emocional y, por el contrario, le enseña que el berrinche es un método eficaz para conseguir lo que quiere.
Límites claros, breves y conscientes
Establecer límites de manera respetuosa es el arte de estructurar la seguridad del niño sin ahogar su necesidad de explorar. Para la Dra. Salmón, los límites saludables deben cumplir tres condiciones innegociables: “ser claros, breves y conscientes”.
Para evitar batallas cotidianas e interminables en casa, la doctora sugiere una herramienta práctica: ofrecer opciones limitadas para que el niño sienta que tiene poder de decisión dentro de un marco seguro. En lugar de imponer de forma autoritaria, podemos preguntarle: “¿te vas a poner la remera roja o la azul?”. El límite (cambiarse de ropa) se mantiene, pero se le permite elegir el color. Asimismo, la anticipación es clave: advertirles unos minutos antes cuando debamos abandonar un espacio de juego evita tener que apagar incendios emocionales de forma abrupta.
En esta misma línea de pensamiento, la especialista nos invita a perder el miedo a una palabra incómoda: la frustración. “Nosotros como adultos no estamos para evitarles las frustraciones. Una persona, un individuo se tiene que frustrar para aprender”. Querer criar a los hijos “entre algodones” es, paradójicamente, desprotegerlos. El mundo exterior no es siempre amable; por el contrario, puede ser “violento para cualquier niño” que no haya adquirido en su hogar las herramientas necesarias para tolerar y atravesar los inevitables “no” de la vida.
La mirada social: empatía en lugar de juicio
La crianza no ocurre en el vacío; se despliega ante la mirada de una sociedad que suele ser rápida para juzgar y lenta para empatizar. Ante un berrinche en la vía pública o en un supermercado, la Dra. Salmón propone un pacto de respeto comunitario: “del cuerpo ni de los hijos ajenos no opinamos”.
En lugar de lanzar miradas de desaprobación o juzgar la capacidad de puesta de límites de una madre desbordada, la verdadera colaboración social consiste en ofrecer una mano: “¿Cómo te ayudo? Te sostengo las bolsas del súper”. La empatía colectiva es el mejor soporte para una crianza saludable.
Por supuesto, existen fronteras claras donde el berrinche deja de ser una conducta fisiológica y esperable del neurodesarrollo. La consulta con el pediatra o el neurólogo se vuelve obligatoria si observamos señales de alerta: cuando el niño se lastima a sí mismo, agrede físicamente a otros de manera constante, no logra interactuar con sus pares o parece no comprender en absoluto órdenes sencillas. Para detectar estas alarmas de manera temprana, las maestras del jardín de infantes son aliadas clave gracias a su “ojo adiestrado”.
Criar es un camino que expone nuestras mayores inseguridades, especialmente con el primer hijo. Sin embargo, entender “los dos años” como una maravillosa etapa de maduración y no como una guerra de poder es el primer paso para formar niños seguros, independientes y autónomos.
